Para la mayor parte de la clase política europea, Orbán es, en el mejor de los casos, una bestia negra y, en el peor, un traidor: un líder que antepone sus intereses a los de la UE y a su «orden basado en normas» de tratados, convenios y precedentes establecidos por un consenso que en su día fue armonioso entre los líderes en una mesa de negociaciones en Bruselas.