Los ataques de Israel en el Líbano exhiben la extrema fragilidad de la tregua EE.UU-Irán
Tras cinco semanas de guerra entre Estados Unidos e Irán, el alto el fuego anunciado el miércoles por ambas partes ha entrado (teóricamente) en vigor aunque de manera extremadamente frágil. Los últimos ataques de Israel contra el Líbano, que según Washington y Tel Aviv, no estaban incluidos en el débil pacto, han sembrado múltiples dudas.
Bruselas/Madrid (Euractiv.com) – Tras cinco semanas de guerra entre Estados Unidos e Irán, el alto el fuego anunciado el miércoles por ambas partes ha entrado (teóricamente) en vigor aunque de manera extremadamente frágil. Los últimos ataques de Israel contra el Líbano, que según Washington y Tel Aviv, no estaban incluidos en el débil pacto, han sembrado múltiples dudas.
En ese sentido, los puntos básicos de esta frágil tregua siguen sin estar claros: cuándo el estrecho de Ormuz se reabrirá -definitivamente- al tráfico marítimo (Irán lo ha vuelto a cerrar temporalmente); si Teherán renunciará a su programa de enriquecimiento de uranio; si se desmantelará su programa de misiles balísticos y si el país persa seguirá persiguiendo sus ambiciones imperiales con el apoyo de sus aliados.
La campaña de bombardeos aéreos israelíes y estadounidense tuvo en su comienzo un éxito notable: se logró destruir gran parte del ejército iraní, y decenas de líderes políticos y militares de alto rango fueron eliminados.
Sin embargo, el régimen iraní demostró ser más resistente de lo que muchos pensaban. Sus estructuras de mando permanecieron intactas a pesar de los ataques, y la caza de lanzamisiles iraníes por parte de las fuerzas aéreas israelíes y estadounidenses no logró impedir los continuos lanzamientos de misiles balísticos, aunque sí consiguió reducirlos.
No solo el régimen, sino también sus aliados en Moscú y Pekín, probablemente se sientan aliviados por el alto el fuego. China compra el 90 % del petróleo iraní y, a cambio, suministra armas a Teherán. La alianza de Rusia con el régimen se ha profundizado sin parar desde 2022, y Teherán ha proporcionando un apoyo sustancial a Rusia contra Ucrania, así como asesoramiento sobre cómo eludir las sanciones.
¿Todo para nada?
A lo largo de estas cinco semanas, también ha quedado patente un nuevo enfrentamiento entre bloques: el eje Teherán-Moscú-Pekín ha extendido ahora la guerra que libra en Ucrania a Oriente Medio.
Enfrentándose a él está lo que queda de Occidente, básicamente tres países.
En primer lugar, Israel, que, impulsado por la pura necesidad, no tuvo más remedio que adelantarse al inmenso potencial destructivo del régimen antisemita de Teherán. El Estado judío se enfrenta a una amenaza existencial por parte de Irán y sus aliados: el programa de misiles balísticos de Irán constituye por sí solo un peligro estratégico para Jerusalén. Hezbolá, en la frontera norte de Israel —a menudo descrito erróneamente como una milicia libanesa, cuando en realidad es una división de infantería ligera iraní—, ha demostrado una tenacidad notable.
En segundo lugar, los Estados Unidos bajo el mandato del presidente, Donald Trump, que están haciendo frente —al menos en este escenario— a lo que es percibido como el declive occidental.
Un aspecto que se pasa por alto en gran medida es que, más allá de la cuestión nuclear, Washington tiene razones militares de peso para enfrentarse al régimen de los mulás: incluso tras el conflicto del verano pasado, Teherán reconstruyó rápidamente su capacidad de misiles balísticos con ayuda china.
Aunque la lógica de la defensa aérea no es tan simple como a menudo se afirma, los costes directos de los sistemas de interceptación superan a los del arsenal del atacante. Estados Unidos ha tenido que volver a desplegar recursos militares desde el Indo-Pacífico hacia Oriente Medio; en un potencial conflicto con China se enfrentaría a un régimen iraní fuertemente armado como adversario simultáneo.
El problema de Ucrania
En tercer lugar, Ucrania. Al igual que Israel, Kiev se enfrenta a una amenaza existencial: el presidente ruso, Volodimir Zelenski, actuó con notable perspicacia estratégica: no solo reconoció la oportunidad de debilitar a uno de los aliados clave de Moscú, sino que también aprovechó la experiencia de Ucrania en la lucha contra los drones iraníes para ganarse el apoyo de nuevos aliados en el Golfo.
El resto de Europa, por el contrario, se ha comportado de manera muy diferente. Un continente que hace tiempo que se ha alejado de un Occidente otrora monolítico, liderado por Estados Unidos, ha oscilado entre la cercanía abierta con el régimen iraní (Pedro Sánchez) y las críticas vacilantes tanto a Washington como a Teherán (Friedrich Merz).
Ahora que las armas van a callar durante dos semanas, los habituales autómatas de los tópicos —desde la jefa de la diplomacia de la UE, Kaja Kallas, y otros más— pueden volver a recitar sus manidas frases sobre cómo a la «diplomacia» se le está dando por fin «una oportunidad».
Una UE que tardó tanto en deliberar si la matanza de 30 000 iraníes justificaba designar al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán como organización terrorista ha hecho muy poco para oponerse al régimen. Durante décadas, Europa ha tolerado de forma casi pasiva que los agentes de Teherán llevaran a cabo asesinatos en sus calles.
Tampoco es probable que la UE se conmueva ante la inminente ola de ejecuciones del régimen contra quienes no buscaban más que una vida mejor, como el adolescente Amirhossein Hatami, ejecutado apenas seis días antes del alto el fuego.
Al menos hay un cambio: a diferencia de hace una década, es poco probable que se vea a diplomáticos de la UE compartiendo alegres picnics con los verdugos en la famosa prisión de Evin.
La schadenfreude (regodeo) de los sabelotodos y holgazanes profesionales de Europa por el hecho de que, por ahora, se haya evitado un cambio de régimen provocado por los tan detestados Estados Unidos podría resultar prematura.
Porque, a diferencia de Europa, el régimen iraní se rige por principios. Su visión apocalíptica del mundo —centrada en un Imán Oculto salvador cuyo regreso requiere la destrucción del Gran y el Pequeño Satán— no es negociable.
Esto se refleja en las marcadas discrepancias entre las propuestas de alto el fuego de Estados Unidos e Irán: incluso las concesiones tácticas temporales parecen encontrar límites estrictos en Teherán.
Por lo tanto, no es inconcebible que esta misma rigidez pueda dar paso a una nueva ronda de confrontación bélica, al final de la cual el propio régimen podría enfrentarse a su declive, a pesar de Europa.
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(Editado por Euractiv.com y Fernando Heller)