Acuerdo UE-Mercosur: una apuesta necesaria

Detrás del impulso de la Comisión para concluir el acuerdo, estancado desde hace tiempo, hay una confluencia de necesidad económica y urgencia geopolítica.

Uruguay Mercosur Summit
"The EU-Mercosur deal is a microcosm of the dual nature of challenges facing Europe today: the need to adapt to a changing global order while contending with deep-seated internal divisions." (Photo by Santiago Mazzarovich/picture alliance via Getty Images)

Tras 25 años de negociaciones, las estrellas se han alineado para la celebración del Acuerdo de Asociación UE-Mercosur este viernes en Montevideo (Uruguay). La UE ha cerrado acuerdos comerciales y económicos con la gran mayoría de las economías latinoamericanas.

Gustavo G. Müller es investigador principal del Centro de Estudios sobre Gobernanza Mundial de la Universidad de Lovaina. Bruno Luciano es investigador postdoctoral en el Instituto de Estudios Europeos de la Universidad Libre de Bruselas. Maria Martins es investigadora doctoral en el Centro de Estudios Internacionales y Europeos de Lovaina, Universidad de Lovaina.

Sin embargo, aunque este avance supone una victoria diplomática muy necesaria para la Unión en tiempos de fragmentación del orden multilateral, también representa una apuesta de alto riesgo para Bruselas, ya que coloca a varios gobiernos europeos en posiciones internas precarias.

Entre los Estados miembros de la UE, Francia destaca por ser especialmente vulnerable a las reacciones adversas al acuerdo. El sector agrícola del país ha expresado continuamente su profundo descontento, temiendo la competencia de los productores del Mercosur, que se considera que operan con arreglo a normas medioambientales y laborales menos estrictas. Para Emmanuel Macron, el momento es especialmente delicado. Ante el creciente descontento en varios frentes, el presidente francés corre el riesgo de alienar aún más a los votantes rurales que se sienten desatendidos por la agenda liberalizadora de Bruselas.

En Polonia, el Gobierno proeuropeo de Donald Tusk, que ya se ha visto obligado a volver al retroceso del Estado de Derecho, también tendrá dificultades para justificar el acuerdo ante una población recelosa de una mayor integración con las políticas de la UE, consideradas favorables a los intereses de Europa Occidental.

La apuesta estratégica de la Comisión

¿Por qué ha decidido la Comisión Europea seguir adelante con el acuerdo, alienando a Estados miembros clave y debilitando a los frágiles gobiernos favorables a la UE? La respuesta está en una confluencia de necesidad económica y urgencia geopolítica.

Desde el punto de vista económico, la UE se enfrenta a un crecimiento lento y a una pérdida de competitividad en la escena mundial. Un acuerdo con Mercosur crea un mercado de 780 millones de personas y ofrece una vía para revitalizar el comercio y los flujos económicos. Alemania, potencia industrial de Europa que sufre un lento crecimiento económico, ha sido un firme defensor del acuerdo como medio de garantizar el acceso a mercados y recursos críticos, reforzando al mismo tiempo la posición de la UE como defensora del comercio abierto en un periodo de creciente proteccionismo.

Geopolíticamente, lo que está en juego es aún mayor. La guerra de Ucrania ha puesto de manifiesto no sólo la vulnerabilidad de Europa en materia de energía y cadenas de suministro, sino también que el continente simplemente carece de aliados estratégicos. En Estados Unidos, la reelección de Donald Trump ha aumentado la incertidumbre sobre la estabilidad de las relaciones transatlánticas y el orden internacional basado en normas en el que la UE puede prosperar.

La creciente influencia de China en Sudamérica subraya la urgencia de que la Unión solidifique sus lazos con la región. Para Bruselas, el acuerdo no es sólo una cuestión comercial; es un movimiento estratégico para reforzar su posición en una región afín, pero a menudo ignorada, que cada vez es cortejada más por múltiples potencias exteriores, viejas y nuevas. La Comisión también aprovecha la oportunidad de tener a todos los países del Mercosur dispuestos a firmar el acuerdo. Esta alineación momentánea ha sido notoriamente difícil en la región, dados los cambios en los gobiernos nacionales.

¿Una apuesta arriesgada pero necesaria?

A pesar de su lógica estratégica, el futuro del acuerdo dista mucho de estar garantizado. Su plena aplicación depende de la ratificación de todos los Estados miembros de la UE. Es probable que gobiernos como los de Francia, Polonia e Irlanda se opongan a la ratificación y aplicación en todo momento. Una división del acuerdo, separando sus componentes comerciales, o hablar de una aplicación provisional podría acelerar el proceso, pero también aumentaría aún más las tensiones.

El acuerdo UE-Mercosur es un microcosmos de la doble naturaleza de los retos a los que se enfrenta Europa en la actualidad: la necesidad de adaptarse a un orden mundial cambiante y, al mismo tiempo, hacer frente a divisiones internas profundamente arraigadas. Para la Comisión Europea, impulsar el acuerdo es una apuesta calculada en la que los beneficios económicos y geopolíticos del acuerdo compensarán sus costes políticos.

Queda por ver si esta apuesta da sus frutos. El acuerdo no sustituye ni atenúa la necesidad de una política industrial sólida que pueda abordar las cuestiones de competitividad y productividad frente a las transiciones tecnológicas y medioambientales. Como última gran pieza del rompecabezas de los acuerdos comerciales de la UE en América Latina, el acuerdo UE-Mercosur también exige un profundo replanteamiento de la estrategia comercial de la Unión, incluidas medidas compensatorias eficaces para los sectores europeos sensibles.

Los productores del Mercosur ya deben cumplir un número creciente de normas de sostenibilidad y medio ambiente para acceder al mercado único europeo. Gran parte de este tsunami normativo, visto desde fuera, son medidas comerciales unilaterales, como el recientemente aplazado Reglamento de la UE sobre deforestación. Los países del Mercosur sostienen que los acuerdos multilaterales y negociados deben primar sobre las medidas unilaterales.

A corto plazo, el acuerdo pondrá a prueba la resistencia de los gobiernos europeos y la unidad de la propia UE. A largo plazo, tiene el potencial de remodelar la relación entre Europa y Sudamérica, ofreciendo un marco para una cooperación más profunda en cuestiones clave como la mitigación del cambio climático y la promoción de los derechos humanos.