Pandemia, UE y China

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Dos personas permanecen frente a un lago, este martes en Wuhan (China), ciudad que supuso el epicentro del coronavirus y que, después de más de dos meses de confinamiento, el pasado 8 de abril los ciudadanos pudieron volver a poder salir de la ciudad. EFE/ Roman Pilipey

El pasado 26 de febrero, una misión internacional de la OMS que había estado en China y se había desplazado hasta Hubei presentaba el informe de conclusiones de sus observaciones sobre el COVID-19. No es nuestro objetivo juzgar el trabajo de los comisionados ni la colaboración de las autoridades chinas, pero hay cuestiones que llaman la atención en los datos ofrecidos por el gigante asiático y por el organismo internacional en ese documento de 40 páginas.

Sabiéndose, como recoge el informe, que el descubrimiento de los primeros casos sospechosos corresponde a fechas a caballo entre noviembre y diciembre y que a finales de año ya se detectaba que se trataba de un nuevo virus, sorprende la evolución de casos y fallecidos que presentan las autoridades chinas. Sin duda, estas son más llamativas en Wuhan y Hubei, ciudad y provincia respectivamente epicentros de esta pandemia.

Recordemos que el cierre total en esos lugares coincidió con la Fiesta del Año Nuevo chino el pasado 23 de enero. Sorprende que los datos que reflejan las autoridades (y que recoge la OMS) reporten una disminución de nuevos casos y fallecimientos tan sólo con tres días de confinamiento: es decir, que en bastante menos de una semana la curva epidémica de Wuhan y Hubei cambia su tendencia, se aplana y empieza a bajar.

Con los datos epidémicos actuales del resto de países con confinamientos severos como España e Italia y sabiendo del comportamiento de la enfermedad, el retardo que se produce en la aparición y detección de casos y, fundamentalmente, en los fallecimientos, no deja de ser llamativo que en menos de una semana de confinamiento se pudiera haber controlado la explosión epidémica.

Se aprecia que la dimensión otorgada inicialmente a la epidemia no es la que posteriormente ha tenido. El propio Director General de la OMS en la rueda de prensa de presentación del informe afirmaba que “China tiene menos de 80.000 casos en una población de 1.400 ‎millones de personas. En el resto del mundo hay 2.790 casos en una ‎población de 6.300 millones”, si bien tampoco descartaba “la posibilidad de que se convierta en una ‎pandemia, porque tiene la capacidad de hacerlo”. ‎

Aunque a veces parezca que lo obviamos lo cierto es que aproximadamente dos terceras partes de las enfermedades infecciosas activas en humanos son zoonóticas, es decir, transmitidas por animales. Sin embargo, resulta sorprendente la escasa acción al respecto, a pesar de que estas enfermedades han aumentado globalmente en los últimos 60 años y de que cada vez hay más patógenos zoonóticos entre nosotros como resultado de la actividad humana y su huella ecológica. La deforestación y cambios en el uso de la tierra, el manejo de los sistemas agrícolas y de producción alimentaria, el tráfico de especies salvajes, la adopción de animales salvajes como mascotas y la urbanización están contribuyendo de manera drástica a ello.

De hecho, en lo que llevamos de siglo son ya varias las alertas epidémicas de origen vírico procedentes de China como el SARS o el virus H1N1. No obstante, ninguno de ellos tuvo ni por asomo el impacto que ahora estamos sufriendo con el coronavirus bautizado como SARS-CoV-2.

Sin duda, parte del relajamiento de Occidente se deba al escaso alcance de las alertas previas consideradas en cierta medida como falsas alarmas en el ámbito sanitario. Un error que estamos pagando en un momento en que el multilateralismo debe ser reforzado al igual que los organismos que lo sustentan.

Como es evidente, China no solo es un país enorme, sino una gran potencia y el lugar donde se fabrica casi todo. Pero no es menos cierto que, tras lo sucedido, el gigante asiático va a quedar señalado para nuestras sociedades europeas por bastante tiempo como el origen de la pandemia. No obstante, debemos afrontar con ellos esta nueva situación.

Desde luego, China debe hacer esfuerzos en mejorar el control de su cadena alimentaria, preocupante desde la óptica europea, tan estricta en normativas en ese campo: macrogranjas, abuso de métodos intensivos, hábitos alimentarios que incluyen especies salvajes protegidas, etc.

Igualmente, y como antes se apuntaba, el respeto y la conservación de la biodiversidad también deberán estar presentes en este debate. De hecho, 2020 ya guardaba a China un papel destacado en la COP 15 sobre Biodiversidad. Hoy más que nunca debemos ser conscientes de que la salud humana y animal son interdependientes y de que ambas dependen de la salud ambiental y del buen estado de los ecosistemas en los que interaccionan. Si queremos minimizar el riesgo de futuras pandemias es prioritario que China y la UE abordemos de forma colaborativa las alteraciones de los ecosistemas por la acción humana y su relación con el incremento del riesgo de surgimiento de enfermedades infecciosas y su diseminación.

Asimismo, la UE debe colaborar con las autoridades chinas para evitar la estigmatización del país asiático y para construir la nueva relación que tendrá que surgir de esta crisis, pues ni la UE puede obviar a China ni China puede prescindir de Europa.

Igualmente, esta crisis nos ha demostrado que las medidas globalizadoras que permiten la deslocalización de la producción también pueden convertirse en un peligro para la seguridad de los ciudadanos europeos. El desabastecimiento de materiales sanitarios que hemos sufrido en estas últimas semanas viene derivado fundamentalmente de la escasez de manufactura europea. Lo mismo está sucediendo con buena parte de los principios activos de los medicamentos. Europa no puede depender únicamente de productores externos, un hecho que se muestra en toda su dimensión en situaciones de emergencia.

Además, China puede convertirse en un aliado en desarrollos que favorezcan una transición ecológica más dinámica o en el ámbito digital con mayor innovación, garantizado en todo caso la seguridad de las redes y la independencia tecnológica europea.

China debe entender que Europa tiene que fortalecer sus industrias esenciales y establecer una relación alejada de guerras comerciales y que pueda basarse en la confianza mutua, al tiempo que Europa debe percibir que China puede ser un aliado en el mundo post-pandemia.

Nos espera por tanto un mundo en crisis, no sólo económica. Sabemos que será diferente. Ahora nos toca elegir nuestra actitud ante el mismo: actuar desde la colaboración será más productivo para la humanidad que hacerlo con disputas. Sin duda, China estará ocupando un lugar de liderazgo en ese mundo. Los 450 millones de habitantes de la UE debemos recorrer este camino juntos.

Sobre los autores:

César Luena es vicepresidente de la Comisión de Medio Ambiente, Salud Pública y Seguridad Alimentaria del Parlamento Europeo.

Nicolás González Casares, miembro de la Comisión de Industria, Investigación y Energía y suplente en la Comisión de Medio Ambiente, Salud Pública y Seguridad Alimentaria.

Ambos son eurodiputados socialistas en el Grupo de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas en el Parlamento Europeo.