Treinta centros tecnológicos en cinco países concentran la innovación mundial

Salto

Un paracaidista se lanza desde el Messemturm de Fráncfort, Alemania, el 12 de mayo de 2007. EFE/Arne Dedert

Ginebra (EuroEFE).- Treinta centros de desarrollo tecnológico, la gran mayoría ubicados cinco países (EE.UU., China, Japón, Alemania y Corea del Sur), concentran la capacidad de innovación a nivel mundial y son los que más colaboran para sacar adelante inventos.

“La actividad innovadora es cada vez más transnacional y basada en la colaboración, aunque se origine en pequeños centros localizados en un limitado número de países”, afirma la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) en un informe.

¿Dónde están los centros de innovación?

Los diez focos urbanos de innovación que identifica la publicación corresponden a San José, en el estado de San Francisco, donde se localiza Silicon Valley y el mayor de todos; Nueva York y Boston.

Fuera de Estados Unidos destacan Tokio, Fráncfort, Shangai y Pekín, mientras que Londres y París son los más destacados en el informe fuera de los cinco países con más núcleos tecnológicos.

El director de la OMPI, Francis Gurry, explicó que los centros tecnológicos han pasado a ser “extremadamente importantes” para la innovación por la concentración de colaboradores altamente calificados y la densidad de actividades de investigación y desarrollo que allí se realizan, “lo que refuerza las buenas ideas y permite aprovechar las oportunidades”.

Concentración de la innovación

En una rueda de prensa, el responsable sostuvo que la concentración geográfica de la innovación se refleja en el hecho de que los 30 mayores centros de innovación tecnológica suman el 69 % de las patentes y el 48 % de la actividad científica de 2015 a 2017.

Al mismo tiempo, se ha constatado que “la innovación se ha convertido en una fenómeno en el que prima la colaboración”.

Si a principios del siglo XXI el 64 % de las publicaciones científicas eran obra de equipos de científicos (y no de un solo investigador) y el 54 % de patentes se debía a grupos de inventores, hace dos años esos porcentajes habían aumentado al 88 % y al 68 %, respectivamente.

Pero el aumento de la colaboración en el terreno de la innovación no ha ocurrido solo dentro de la fronteras, sino en la misma medida a nivel internacional: las colaboraciones científicas en las que participan dos o más investigadores que viven en distintos países creció del 15 % en 1998 al 26 % en 2017.

En cuanto a las patentes, se llegó a un 11 % en 2009, pero Gurry reconoció que desde entonces la colaboración internacional no ha progresado en esta área.

La razón principal sería que la cooperación nacional ha aumentado fuertemente desde entonces, lo que habría hecho que la internacional pierda importancia.

Menos del 19 % de toda la producción inventiva y científica del mundo es generada fuera de los centros urbanos de innovación tecnológica, incluso considerando la producción de conocimiento que proviene de las universidades.

Señales de aislamiento

Tras repasar la importancia de la colaboración nacional e internacional para la innovación, el director de la OMPI alertó sobre las señale que van en sentido contrario y revelan una tendencia al aislamiento.

El primero, dijo, es la caída sostenida de las inversiones extranjeras directas desde hace tres años y a nivel mundial, el aumento de las acciones proteccionistas y la revisión de varios planes de adquisición y fusión, “con el argumento de que afecta a infraestructura vital o la seguridad (nacional)”.

Un aspecto poco alentador de la concentración de los centros de innovación en zonas específicas de algunos países es que genera desigualdades con respecto a otras regiones del mismo país.

“Uno de los desafíos más importante que tienen los responsables políticos es atender a las diferencias que se han ido creando en los últimos veinte años, en términos de salarios, trabajos altamente cualificados y oportunidades en general que se ofrecen en las áreas donde hay núcleos tecnológicos con respecto al resto del país”, dijo el economista jefe de la OMPI, Carsten Fink.

 

Editado por Catalina Guerrero

 

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