No hay excusas para la insolidaridad con los refugiados

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Iratxe García

Iratxe García Pérez durante una sesión plenaria en la Eurocámara, el 10 de marzo de 2020.

Iratxe García, presidenta del Grupo de Socialistas y Demócratas en el Parlamento Europeo reflexiona en esta tribuna sobre las consecuencias negativas para Europa si se deja que la crisis por el coronavirus eclipse y haga olvidar la crítica situación de los refugiados.

La imagen del pequeño Alan Kurdi muerto en una playa en 2015 ha quedado grabada en nuestra memoria como un fallo colectivo. Cinco años después, parece que no hemos hecho lo suficiente para mejorar la situación de miles de migrantes que todavía tratan de escapar de la guerra o que esperan aún a pedir asilo en alguno de los centros de internamiento ya en suelo europeo.

La semana pasada, de nuevo, una niña falleció en un fuego declarado en un centro masificado de Lesbos, en Grecia. Desde nuestro confinamiento en casa, tratando de frenar el avance del COVID-19, no podemos olvidar que hay personas en peores circunstancias que nosotros.

En el centro de Moria, donde se hacinan más de 19.000 refugiados a pesar de que su capacidad es para 3.000 personas, el frío, las infecciones y la enfermedad pueden extenderse rápidamente y golpear a una población que se encuentra ya exhausta. El virus hace todavía más urgente evacuar a las personas más vulnerables y evitar un contagio que allí sería aún más letal.

La situación de emergencia para las ciudadanas y ciudadanos comunitarios lo es también para migrantes y demandantes de asilo. Y nosotros en la Unión tenemos la responsabilidad de actuar conforme a nuestros valores, con solidaridad. No podemos dejar que Grecia haga frente sola a esta situación.

Retórica deshumanizadora

Sabemos que el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan está usando a estas personas para sus intereses políticos. Aun así, Europa hasta ahora no ha respondido actuando como el principal actor humanitario a nivel global, sino usando una retórica deshumanizadora que hasta ahora solo habíamos oído en la extrema derecha.

Incluso la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, llegó a felicitar a Grecia por actuar como “escudo” del resto de Europa. ¿Un escudo contra quién? ¿Contra seres humanos que buscan refugio? Obviamente necesitamos una gestión eficaz de las fronteras, pero los y las migrantes nunca deberían ser deshumanizados, no importa la gravedad de la situación.

Tampoco las difíciles circunstancias pueden ser excusa para suspender el derecho comunitario y la legislación internacional, en particular el derecho fundamental a pedir asilo. La decisión del gobierno griego de detener unilateralmente todas las aplicaciones de asilo viola tanto el derecho de la UE como el internacional.

Haber actuado unidos mucho antes

Es más, los informes que hablan de “agujeros negros” en Grecia, donde a la gente se le niega su derecho de asilo y donde reciben un tratamiento que atenta contra su dignidad, son muy preocupantes. La Comisión Europea, guardiana de los tratados, debe investigar lo que sucede sobre el terreno. Y también debería identificar cómo la UE puede ayudar a Grecia a afrontar esta crisis.

Ya antes de que Erdoğan lanzara el mensaje falso de que la UE estaba abriendo sus fronteras, millones de refugiados y refugiadas escapaban de zonas de conflicto en Siria. Ya había más de 42.000 personas estancadas en las islas griegas, de las cuales 5.500 son menores no acompañados que buscan un nuevo hogar.

Con casi un millón de civiles desplazados hacia Turquía desde la ciudad siria de Idlib en las últimas semanas, y con la llegada constante de migrantes a las fronteras de la UE, no solo en Grecia, sino también en Bulgaria, Chipre, Malta, Italia y España, deberíamos haber sabido actuar antes unidos. No es aceptable dejar solos a un puñado de países.

Un mecanismo obligatorio de reubicación

Tampoco deben olvidarse las raíces de este problema. No podemos volver la vista a la guerra en Siria, ni a las carencias del acuerdo firmado con Turquía. Sin embargo, muchas de las soluciones siguen bloqueadas por los propios Estados miembros en el Consejo. La falta de solidaridad durante los últimos cinco años ha resultado en un fallo a la hora de establecer un sistema común de inmigración y asilo que sea eficaz, en el que todos los Estados miembros compartan la responsabilidad.

Desde mi grupo político apoyamos la iniciativa de la Comisión Europea de tratar de reubicar a los menores no acompañados desde los centros en Grecia a otros países de la UE. Así se lo habíamos pedido, y no debe interrumpirse por el reto añadido del COVID-19. Al contrario, lo hace más urgente. Con todo, estas medidas voluntarias no son suficientes.

Necesitamos un mecanismo obligatorio de reubicación, basado en la solidaridad. Primero, solidaridad con Grecia y con otros países que son frontera externa de la UE. Y en segundo lugar, solidaridad con los propios migrantes y demandantes de asilo. La UE tiene que defender sus derechos. En tercer lugar, solidaridad entre países de la UE.

Esto pasa por aumentar la capacidad en la recepción, un sistema obligatorio de reubicación, un mecanismo funcional para desembarcar a los migrantes rescatados en el mar, y un mandato reforzado para la Oficina Europea de Apoyo al Asilo, y nuevos canales seguros para la migración legal.

La Comisión está trabajando en un Nuevo Pacto para la Migración y el Asilo. Insistimos en que debe basarse en la solidaridad. Porque solo así podemos pensar en una gestión eficaz a largo plazo. Y también es la manera de asegurarnos de que ni Erdoğan ni ningún otro mandatario nos vuelva a chantajear.