Juncker, un presidente de la CE espontáneo en tiempos de crisis y populismo

Juncker

Jean-Claude Juncker posa en su última rueda de prensa en Bruselas como presidente de la Comisión Europea, junto con otros miembros de su equipo, el 29 de noviembre de 2019. [EFE-EPA]

Bruselas (EuroEFE).- El luxemburgués Jean-Claude Juncker concluye este sábado (30/11/2019) su mandato como presidente de la Comisión Europea (CE), cinco años marcados por la crisis griega, el “brexit” o la llegada de Donald Trump al poder en EEUU, desafíos a los que ha hecho frente sin renunciar a la ironía ni a la espontaneidad.

“He constatado con cierto placer, diversión, satisfacción, incluso felicidad que parece no ser muy fácil sustituirme”, declaró en junio durante una cumbre en la que los líderes de la Unión Europea no lograron escoger a su sucesor.

En realidad, tampoco fue fácil reemplazar a Juncker en su país, pues este europeísta de 64 años fue primer ministro de Luxemburgo casi diecinueve años, desde 1995 hasta 2013.

En ese tiempo compaginó el cargo con el de titular de Finanzas, lo que le permitió ser entre 2005 y 2013 el primer presidente del Eurogrupo y gestionar la crisis del euro.

En 2013, tras perder el poder en el Gran Ducado y salpicado por un escándalo sobre los servicios secretos luxemburgueses, su carrera política parecía terminada.

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Sin embargo, logró convertirse en el primer y único presidente de la Comisión Europea con el aval indirecto de las urnas, pese a la oposición del Reino Unido y Hungría.

Aunque no estaban obligados a ello, los Estados miembros aceptaron que el líder del Ejecutivo comunitario fuera el candidato propuesto por la formación más votada en las elecciones a la Eurocámara de 2014, el Partido Popular Europeo.

Si un escándalo le había obligado a abandonar la política en su país, tras llegar a la Comisión Juncker se vio salpicado por los LuxLeaks, filtraciones sobre acuerdos entre el Gobierno luxemburgués y multinacionales que permitían a las empresas pagar menos impuestos mientras el político era primer ministro.

El luxemburgués tuvo que afrontar una moción de censura fallida en la Eurocámara y, en mayo de este año, admitió que debió reaccionar a las revelaciones “inmediatamente” y no una semana después de que se publicaran.

Más allá de escándalos, el primer año de Juncker en la Comisión quedó marcado por las crisis griega y de refugiados.

La llegada al poder del partido izquierdista Syriza provocó un terremoto en Bruselas y tras varios meses en los que planeó la posibilidad de que Grecia saliera del euro, los líderes de la eurozona concedieron a Atenas un tercer rescate, que concluyó en 2018 a cambio de duras reformas.

Pasado el tiempo, Juncker lamentó en enero de este año la falta de solidaridad que mostró la UE con Grecia durante la crisis e incluso añadió que se había “insultado” al país.

En cuanto a los refugiados, los planes de la Comisión para reasentarlos en la Unión desde países terceros y reubicar a quienes se encontraban en Grecia o Italia no condujeron a reformar el sistema de asilo comunitario y provocaron la ira de Polonia, Hungría o Chequia, socios a los que Bruselas expedientó por negarse a acoger a personas desde territorio heleno e italiano.

En el caso de Polonia y Hungría, la Comisión Juncker también tuvo que hacer frente a leyes contrarias al Estado de Derecho en el ámbito judicial o educativo.

Sin embargo, la principal crisis que ha vivido Juncker ha sido la salida del Reino Unido de la UE, un episodio inédito y de consecuencias todavía impredecibles.

Aunque el político no ejerció de negociador, su labor ha sido clave para cerrar varias fases de las conversaciones con Londres.

En este ámbito, Juncker ha reconocido que uno de los errores de su mandato fue no intervenir en la campaña del referéndum del “brexit” para desmentir las “mentiras” sobre la UE que se propagaron.

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Pese a los desencuentros durante las negociaciones, el presidente de la Comisión ironizó sobre su relación con la entonces primera ministra británica, Theresa May, cuando en febrero apareció ante la prensa con una tirita en su mejilla y precisó que era para cubrir una herida causada al afeitarse.

“Lo quería decir para que no pensarais que había sido la señora May”, bromeó.

Juncker también vio cómo la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca empañaba las relaciones con un aliado tradicional.

Los desacuerdos con Washington y la imposición de aranceles se convirtieron en norma, y el acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, el polémico TTIP, quedó aparcado. A cambio, Bruselas cerró tratados comerciales con Mercosur, Japón o Canadá.

La personalidad extrovertida de Juncker volvió a quedar patente durante una cumbre europea en Riga en 2015, en la que saludó de forma poco ortodoxa a varios mandatarios y llamó “dictador” al líder húngaro, Viktor Orbán.

También se recuerda la rueda de prensa en la que el móvil del político sonó, pero decidió no contestar al creer que llamaba su esposa. Instantes después reconoció que era la canciller alemana, Angela Merkel.

Más impactantes fueron las dificultades de Juncker para caminar durante una cumbre de la OTAN en 2018 por una presunta ciática.

Más contundente fue la ocasión en la que llamó “ridícula” a la Eurocámara porque solo una treintena de eurodiputados acudió a un debate con el primer ministro maltés, Joseph Muscat.

Perseguido por rumores sobre su presunta mala salud, en agosto se perdió la cumbre del G7 tras someterse a una operación de vesícula. Este noviembre volvió a pasar por el quirófano para tratar una aneurisma aórtica.