También los políticos pierden los papeles en campaña

Antonio Costa durante un mitin de campaña

El primer ministro de Portugal y secretario general del Partido Socialista, Antonio Costa, en un mitin electoral el 4 de octubre de 2019 en Oporto [EFE-EPA]

Lisboa (EuroEFE).- Cientos de discursos, miles de kilómetros a cuestas, sonrisas forzadas, abrazos que ahogan… Las campañas electorales ponen a prueba los nervios de los políticos, y hoy, el primer ministro luso y favorito en las encuestas, António Costa, perdió los papeles y empañó la última fiesta socialista en Lisboa.

Quedaban apenas unas horas para el cierre de campaña. Costa se había dado un baño de masas en el Chiado, el corazón de Lisboa, y había apelado por enésima vez a la movilización socialista porque, aunque aún con ventaja, las encuestas no le conceden la ansiada mayoría absoluta para gobernar en solitario.

Paseaba entre banderas socialistas, con rosas rojas en la mano y arropado por miles de simpatizantes que le regalaban el oído con consignas como “Costa es del tipo que el pueblo gusta”. Todo según el guión previsto.

Pero el fuerte carácter del primer ministro le jugó una mala pasada. Cuando la movilización se disolvía, un anciano le reprochó que estuviera de “vacaciones” cuando se produjeron los incendios que en 2017 costaron la vida a 66 personas, el capítulo más negro de su gestión.

“Es mentira”, respondió Costa. Y la tensión creció hasta el punto de que sus propios guardias de seguridad tuvieron que sujetarle. Las imágenes corrieron como la pólvora y el líder socialista recurrió a los medios para dar una explicación: “Hay una campaña de mentiras”.

Un mal día para perder los nervios. En especial ante unos sondeos que pronostican una elevada abstención y anuncian una compleja negociación tras la votación del domingo.

El mismo Costa lo reconocía hoy. “No se queden tranquilos con los sondeos”, advertía a las bases socialistas en la comida de cierre de campaña en Lisboa. El tema central es “saber si nos quedamos con las manos atadas o con fuerza para cumplir”.

“De la misma forma que no es posible hacer tortillas sin huevos, no es posible hacer gobiernos sin apoyo parlamentario”. Y, a juzgar por las últimas encuestas -que dan al PS un 38 % de votos-, Costa tendrá que esmerarse en la cocina y preparar un plato digerible para sus posibles socios en la nueva legislatura.

Quiere “más fuerza para el Partido Socialista”, para “tener un Gobierno de legislatura y no un Gobierno de plazo contado solo para los dos próximos años”.

Pero quiere también un Gobierno con manga ancha para “decir no” si es necesario. Ninguna alusión a posibles socios tras cuatro años de “geringonça” en los que el PS gobernó con el apoyo de comunistas y Bloco de Esquerda.

Un liderazgo timorato

“Ha sido un Gobierno estable, ha tenido resultados muy positivos para el país”, resume Fernando Antunes, de 70 años, que no quiso perderse la fiesta socialista. “La ‘geringonça’ tuvo un buen resultado porque creó, a nivel social, político y sindical una estabilidad nunca vista en Portugal”.

Recostado en el asiento de un “escarabajo” utilizado para paseos turísticos, Tiago Salazar observa la caminata socialista, aunque, reconoce, vota al Partido Comunista, que el jueves hizo el mismo recorrido, pero “no había tanta gente”.

Tiago no ve claro el día después. ¿Pactar de nuevo? “Para el PCP la ‘geringonça’ siempre significa estar un paso por detrás”.

Por eso, dice, “no vería mal que en uno de los sillones de los ministros hubiese alguien del PCP”. “Como contrapoder positivo siempre tenemos un lugar”.

Si Costa puede afrontar una ardua negociación a partir del lunes, el conservador Rui Rio, el líder del Partido Social Demócrata, lo tiene más difícil aún.

En el final de su campaña ha tenido que responder a preguntas sobre su futuro político por la crisis que desgarra el partido y las críticas de quienes consideran que ha tenido un liderazgo timorato que no le ha permitido medirse con el secretario general de los socialistas.

Y en el Partido Comunista y el Bloco, también opiniones divididas. Deben deshojar la margarita. ‘Geringonça’ sí, ‘geringonça’ cómo.

Cae la tarde, el Chiado recupera la normalidad y cientos de turistas abarrotan la terraza del café A Brasileira y se fotografían junto a la estatua de Pessoa.

Un hombre mira con desagrado las huellas del paseo socialista en la calle. No quiere hablar de política.

“No me gustan los políticos”, dice.