Por una Europa abierta y tolerante, en memoria de Stefan Zweig

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Iratxe García

Fotografía cedida por la Delegación Socialista española en el PE de Iratxe García, presidenta del Grupo de Socialistas y Demócratas en el Parlamento Europeo. EFE/S&D

El Parlamento Europeo ha rendido homenaje esta semana a Stefan Zweig poniéndole su nombre a uno de los edificios de su sede en Bruselas.

En febrero recordaremos el 78 aniversario de su muerte, y aunque parezcan muchos años, su mensaje sigue más vigente que nunca, y es si cabe más necesario. Desgraciadamente la sociedad Europea comienza a olvidar las razones que llevaron a Zweig a la desesperación, que le obligaron a exiliarse y lo condujeron al suicidio en Brasil: el nacionalismo excluyente, la intolerancia, el anti-semitismo y el desprecio por las minorías.

Como los demás fundadores de las Comunidades Europeas, Zweig nació en la época de los imperios, en una Viena cosmopolita donde se hablaban muchas lenguas y los habitantes se sentían libres de todo prejuicio. En ningún lugar era más fácil ser un europeo”, aseguraba Zweig. Pero su generación vio derrumbarse los cimientos de aquella sociedad. Creyeron erróneamente que el progreso técnico llevaría de manera lineal e inevitable al progreso moral. Pero la Primera Guerra Mundial y los regímenes totalitarios rompieron aquella quimera. La razón fue derrotada por la barbarie. Frente a tanta incertidumbre, muchos buscaron la seguridad a costa de su libertad, pero la seguridad sin libertad no es más que una quimera.

Zweig, que se definía como “austríaco, judío, escritor, humanista y pacifista”, valoraba la libertad personal por encima de todo. Pero la alegría de vivir de su juventud se convirtió en amargura cuando experimentó lo que significa ser apátrida. Reconocía con tristeza que una persona sin pasaporte no solo ha perdido su patria, sino que parece perder también el derecho a ser tratado con humanidad.

Sus memorias reflejan el contraste frente al ideal de una Europa en paz y unida, y la barbarie que se desató. Ese cambio no sucede de la noche a la mañana. Comienza con la incapacidad de sentir empatía, de ponerse en el lugar del otro. Zweig pedía que la tolerancia no se vea como un signo de debilidad, sino un valor ético fundamental. Por eso deben sonar las alarmas cuando comenzamos a oír a políticos y políticas que alimentan el miedo y el resentimiento hacia quienes son diferentes, cuando vemos que se deshumaniza “al otro”. En Europa creímos que estábamos vacunados contra ese veneno, pero no es así. El discurso excluyente de nuevo gana terreno en nuestros países y también en el Parlamento Europeo.

A menudo la Unión Europea se presenta como una familia, y es una familia diversa. Cambia, crece, evoluciona, porque está viva.  La Europa que queremos es abierta y solidaria. No pertenece a nadie en particular porque nos pertenece a todos y a todas. Una Europa que no se asusta ante la diversidad sino que la protege, porque es nuestra riqueza. Como protege también a las minorías y garantiza la libertad personal de todos y de todas.

Zweig cuenta en su libro “El Mundo de ayer. Memorias de un europeo” cómo fue su juventud en Viena, una ciudad abierta y cosmopolita, y cómo el nacionalismo excluyente y la intolerancia destruyeron ese mundo que él conocía. Sus escritos ofrecen un contraste terrible entre el ideal de una Europa unida y en paz, de una Europa humanista, y el desprecio total de la vida humana que supuso el momento más terrible de la historia de Europa. Pero ese cambio no pasó de la noche a la mañana. Empieza con pequeñas renuncias. Empieza con la incapacidad de ponerse en el lugar del otro.

Por eso los valores que él encarna son los que necesitamos hoy. La tolerancia como un valor ético que guíe nuestras acciones. Cuando entremos por la mañana al edificio que ya lleva su nombre, recordaremos que venimos a trabajar por una Europa abierta y solidaria. Queremos una sociedad y unos líderes políticos capaces de sentir empatía con el que es distinto a nosotros, de dialogar con quien piensa o vive de manera diferente.

Poco antes de morir, Zweig sentía el peso de la historia sobre sus hombros y escribía: “Si con nuestro testimonio logramos transmitir a la siguiente generación aunque sea una pequeña parte de verdad, no habremos obrado en vano”. Nosotros guardaremos su memoria, para pasarla a las nuevas generaciones, y seguiremos construyendo el edificio de nuestra casa común, que es Europa.

Para saber más:

Iratxe García, presidenta del Grupo de Socialistas y Demócratas en el Parlamento Europeo