Kenia abre su huerta a Europa

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Nairobi (EuroEFE).- No hay que pasar mucho tiempo en Kenia para darse cuenta de que la fruta y la verdura se vende, sobre todo, en la calle, en puestos improvisados que montan mujeres a primera hora del día y recogen cuando se pone el sol. 

Aguacates que no caben en una mano, racimos de bananas, mangos y papayas carnosas, frutos con pelo o con pinchos, melones, sandías, limas, naranjas colocadas con mimo en forma de pirámide sobre telas de colores. Son algunos de los regalos de este clima ecuatorial.

La fruta y la verdura son la base de la alimentación de los kenianos, pero también -junto a las flores- la principal exportación del país.

Para un europeo resultará fácil sucumbir al intenso color y sabor de la mercancía keniana si no ve cómo se hace la venta (a orillas de carreteras polvorientas, junto a acequias, en carritos que desafían al tráfico en mitad de un atasco). Más aún, si ignora que llevan pesticidas prohibidos en sus mercados.

Consciente de la importancia de abrirse al exterior, el Gobierno keniano ha tomado la iniciativa para mejorar la calidad de los productos hortofrutícolas.

Lo hace gracias al Servicio de Inspección de Sanidad Vegetal de Kenia (KEPHIS, por sus siglas en inglés), en unas instalaciones alejadas del bullicio y la suciedad del centro de Nairobi, y rodeadas del verde exuberante de Karen, uno de los barrios más lujosos de la capital.

Uno de los laboratorios del KEPHIS, donde el Gobierno emplea la última tecnología para garantizar que los productos agrícolas kenianos cumplen las condiciones para la exportación. (FOTO: EFE/Irene Escudero).

Además de analizar e inspeccionar muestras vegetales, el KEPHIS es un ente regulador, por lo que, si encuentra un producto con más químicos de lo permitido, para de inmediato su exportación, explica uno de los inspectores del centro, Bernard Okonda, en una visita de una delegación de eurodiputados y de parlamentarios africanos del grupo África, Caribe y Pacífico (ACP).

“Nos encargamos de mantener la calidad en el comercio”, declara a Efe el director general de este centro, Isaac Macharia. El té, el café y la horticultura suponen el 65 % de las exportaciones de Kenia.

Cumplir los requisitos sanitarios europeos es una necesidad para Kenia, pues la Unión Europea (UE) importa el 80 % de su producción hortofrutícola, 300.000 toneladas de fruta, verdura, flores, especias y frutos secos que generan unos ingresos anuales de 900 millones de euros.

En este contexto, “es fundamental hacer todo lo necesario para evitar en lo posible una crisis fitosanitaria”, subraya el eurodiputado español Francesc Gambús, del Partido popular Europeo (PPE)

Si Kenia quiere exportar, debe aplicar estándares europeos

En la misma línea, su colega del grupo PPE, el húngaro György Hölvenyi, incide en la necesidad de “tener los mismos estándares y los mismos niveles” si Kenia quiere exportar, por lo que el KEPHIS es “un buen ejemplo de cómo este país puede jugar un papel ejemplar en la región”.

“Esto es África y es un continente diferente con bacterias e insectos diferentes, por lo que tenemos que garantizar que lo que llega a Europa es seguro”, asevera la eurodiputada maltesa Marlene Mizzi, del Grupo Socialistas y Demócratas (S&D).

El centro de inspección keniano ha adquirido en los últimos años tecnología punta: “En una hora puedo analizar todos los metales de la tabla periódica”, dice un científico de la planta. Antes, solo podían detectar tres de estos tóxicos. 

La mayoría de máquinas utilizadas llevan una pegatina con las estrellas amarillas de la bandera de la UE, que financia parte del proyecto. 

El jefe de cooperación de la UE en Kenia, Hubert Perr, subraya que, “con la financiación del laboratorio y todo su equipamiento, la UE ha ayudado a Kenia a penetrar el mercado europeo”.

Varios parlamentarios europeos durante una visita el 13 de abril de 2018 una visita al KEPHIS, equipado con la última tecnología para asegurar que los productos agrícolas kenianos cumplen las condiciones para la exportación. (FOTO: EFE/Irene Escudero)

En la planta, además de inspeccionar muestras de los productos que se exportan, también se hacen análisis aleatorios para determinar el nivel de toxicidad. 

Son productos que se venden en el mercado y en miles de puestos informales y se revisan para saber qué está comiendo la población.

Las leyes internacionales son claras y en la planta se aseguran de cumplirlas, pero dentro de Kenia no hay una regulación que impida, por ejemplo, que los aguacates que se venden en un puesto callejero excedan los límites de insecticidas.

“Nos aseguramos de que los productos vendidos en el mercado internacional reúnen los requisitos y estándares internacionales. Si tenemos materiales contaminados no pueden venderse fuera y podemos recomendar que no sean vendidos en el mercado local”, explica Macharia. 

Es decir, que si el mango de una pequeña huerta de Kenia, que nunca llegará a ningún país europeo, tiene más pesticidas de los necesarios, lo único que pueden hacer es “recomendar” que no se comercialice en el mercado keniano.

“¿Cree que los estándares que tienen en Kenia son los mismos que los europeos?”, pregunta durante la visita la jefa de la delegación del Parlamento Europeo, la francesa Michèle Rivasi, del Grupo de los Verdes, al inspector Okonda, que esquiva la pregunta dando rodeos. 

El KEPHIS hace campañas de concienciación sobre el uso de productos y semillas, pero no puede impedir que se vendan o se sigan produciendo.

Rivasi cree que ahí está el reto: “No hay medidas para el mercado local, por lo que hay que desarrollar lo biológico y orgánico en la  agricultura keniana”.

Este sector supone cerca del 30 % del producto interior bruto (PIB) de Kenia, y un 75 % de la población depende directa o indirectamente del mismo. 

La mayoría de los productores son pequeños agricultores que cultivan para consumo propio y solo venden una pequeña parte, a cambio de ganar, muchas veces, un solo dólar al día, precisa Macharia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por eso, el reto que plantea Rivasi no es pequeño: convencer a todos estos productores de usar técnicas más amables con el medioambiente y menos productos químicos, mientras luchan contra sequías o plagas como la del gusano cogollero, que este año ha acabado con la mitad del cultivo de maíz de Kenia.

Químicos agresivos, detergente: todo vale en el campo keniano

Para terminar con esta última epidemia, los kenianos están probando de todo, desde los productos químicos más fuertes hasta jabones para lavar la ropa, algo, que según Macharia, es normal para los agricultores.

“Mi único miedo es que en Kenia hay muchas multinacionales que van a venderles semillas modificadas genéticamente y pesticidas, por lo que este laboratorio tiene que hacer frente a esta agricultura intensiva”, explica Rivasi.

La eurodiputada francesa y sus colegas han visitado los laboratorios del KEPHIS en el marco de la decimoquinta Asamblea Parlamentaria Conjunta (JPA, en inglés) regional de la UE y la ACP en África del Este, que reunió a diputados europeos y africanos en Nairobi del 11 al 13 de abril. 

Rivasi ejerció de copresidenta del foro, que abordó temas muy diversos, como la cooperación regional, la seguridad, la alimentación y el turismo sostenible.

Los copresidentes de la decimoquinta reunión regional en África del Este de la Asamblea Parlamentaria Conjunta de la Unión Europea (UE) y el grupo África Caribe Pacífico (ACP), la francesa Michéle Rivasi y el camerunés Joseph Owona Kono. (FOTO: EFE/Irene Escudero)

Durante el encuentro también se trató el futuro tras el Acuerdo de Cotonú, que rige las relaciones entre ambos bloques y expira en 2020, y se abogó por un nuevo pacto que apueste por la integración regional y que respete las necesidades específicas de cada zona implicada.

Las posturas sobre cómo debe ser este acuerdo, sin embargo, siguen siendo muy diversas, pero hay ciertas palabras que repiten los eurodiputados: comercio, inmigración y seguridad.

“Ahora creo que el acercamiento a África debe ser diferente”, explica la socialdemócrata belga Maria Arena, quien aboga por abandonar la lógica postcolonial de Cotonú y pasar a un tratado donde “el bienestar sea mejor repartido entre ellos y nosotros“.

“No es normal que cuando usemos las energías o los recursos africanos -incide la eurodiputada-, no paguemos correctamente y no es normal que, por cubrir nuestras necesidades alimentarias, los africanos se queden sin territorio”.

Para Mizzi lo importante es asegurar “que hay una mejora del comercio”, mientras que Hölvényi cree hay que centrarse en que “la gente se quede en sus países de origen o en su región” en lugar de emigrar.

Rivasi pide, por su parte, “no hacer de post-Cotonú un acuerdo comercial o centrado en la seguridad”, y Arena propone buscar la manera de “ayudar a los países de primera llegada (de migrantes) a hacer frente a este fenómeno migratorio”.

El futuro de las relaciones de la UE con los países de la ACP aún está en el aire, pero el comienzo de las negociaciones, según sostienen las partes, no debería demorarse más allá de agosto de 2018.

Por Irene Escudero, con edición de Desirée García

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