Ante la crisis por el coronavirus: el Pacto Verde debería ser el “Plan Marshall” de Europa

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Dos trabajadores municipales desinfectan un contenedor en la localidad portuguesa de Vila Nova de Gaia, el 24 de marzo de 2020. [EFE-EPA]

El cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la deforestación son factores que están contribuyendo a la propagación de epidemias. Al igual que el COVID-19, estos retos transversales no respetan las fronteras nacionales y sólo pueden gestionarse mediante la acción colectiva, aseguran Sandrine Dixson-Declève, copresidenta del Club de Roma, y Johan Rockström, director del “Potsdam Institute for Climate Impact Research.

Dixson-Declève es, además de copresidenta del Club de Roma, cofundadora del “Planetary Emergency Partnership. Rockström, además de profesor y director del “Potsdam Institute for Climate Impact Research”, es cofundador del “Planetary Emergency Partnership”.
Esta es una carta abierta que envían a las autoridades de la Unión Europea (UE), además de a los presidentes de las instituciones del bloque comunitario europeo.

El COVID-19 está infectando a millones de personas en todo el mundo, cobrándose miles de vidas, con cifras que probablemente crezcan de manera exponencial en las próximas semanas. El virus también está provocando perturbaciones a gran escala en la economía global y en los mercados financieros, agravadas por una guerra comercial en torno al petróleo, la cual ya está ya generando dificultades económicas para la población mundial.

Al tiempo que alabamos plenamente a las instituciones de la UE, al BCE, al BEI, y a los estados miembros por sus rápidos esfuerzos para enfrentarse a la amenaza inmediata del virus y por encauzar el necesario capital para la recuperación económica, hacemos un llamamiento a los jefes de Estado y de Gobierno de la UE a que garanticen que los planes de recuperación no se lleven a cabo sacrificando los caminos de la neutralidad climática ni los objetivos del Pacto Verde Europeo, debido a posibles lagunas de comunicación, que puedan llegar a impactar en la salud pública futura.

Estamos viendo sólo “la punta del iceberg”

Es importante admitir que el planeta se enfrenta a una crisis mucho más profunda y más duradera de lo que se pensaba, y cuyas raíces se hallan en varios retos globales interconectados.

Las últimas investigaciones sobre la “ecología” de las enfermedades sugieren que el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la deforestación con factores coadyuvantes en la gestación de pandemias, interactuando con elevados niveles de volumen de desplazamientos (viajes, por ejemplo) a escala global, con el comercio y con una gran densidad de población.

Los brotes de enfermedades producidas por los animales y otras patologías infecciosas como el Ébola, el SARS, la gripe aviar y ahora el COVID-19, causada por un nuevo coronavirus, están aumentando y eso es apenas la punta del iceberg.

Al igual que el COVID-19, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y el colapso financiero no respetan fronteras nacionales ni incluso físicas. Estos problemas pueden sólo gestionarse a través de la acción colectiva, que comienza bastante antes de que estas crisis sean generales.

Esas crisis tienen que encararse no como si fuesen una amenaza individual, sino como una potencial serie de ondas de choque y de riesgos a largo plazo para la salud humana y para el sustento diario, la prosperidad económica y la estabilidad planetaria, tal como dejó claro este año el Foro Económico Mundial.

Un repentino cambio transformador

Nadie subestima la increíble perturbación que supone el COVID-19 para la economía global y para la sociedad en su conjunto, ni tampoco la gravedad de la situación para quienes han perdido o perderán a sus seres queridos, pero lo que ha puesto de manifiesto esta pandemia es que es posible un repentino cambio transformador.

De repente, está surgiendo un mundo distinto, una economía diferente.

Se trata de una oportunidad sin precedentes para distanciarse del crecimiento absoluto a toda costa y de la trasnochada economía de combustibles fósiles, y lograr un equilibrio duradero entre personas, prosperidad y nuestros confines planetarios.

El Pacto Verde debería ser el “Plan Marshall” de Europa

En medio de una emergencia sanitaria global y ante una inminente recesión económica, la importancia del Pacto Verde Europeo es todavía mayor. Debe ser el marco para dar respuesta a la actual crisis y a la más amplia emergencia global, de la cual forma parte.

Tal como fue redactado, el Pacto Verde Europeo ya tiene entre sus objetivos proteger la salud y el bienestar de los ciudadanos de los riesgos e impactos relacionados con el clima, y establece (el objetivo, de contar con) un medio ambiente libre de (sustancias) tóxicas, fomenta dietas saludables y sostenibles y protege la biodiversidad.

El anterior “Plan Juncker” de la Comisión Europea fue una herramienta eficaz para focalizar las inversiones y centrar las mentes en prioridades claras para Europa.

El Pacto Verde Europeo debería hacer lo mismo con un mayor nexo entre los puntos de inflexión convergentes de salud pública, cambio climático y biodiversidad, garantizando que se reorientan subvenciones perniciosas y capital privado y público para (hallar) soluciones que impulsen una transición justa para las sociedades y las economías “resilientes”.

No retrasar iniciativas de Bruselas

Ese debería ser el nuevo “Plan Marshall” para Europa. Un plan que impulse e integre un encaje entre el Pacto Verde Europeo y una economía que funcione para la gente, como dijo la presidenta Ursula von der Leyen.

Un plan que también se enfoque a una optimización digital como herramienta para reforzar la calidad de vida a largo plazo para los ciudadanos, no sólo cuando estén en cuarentena por una pandemia.

En lugar de retrasar iniciativas cruciales como “De la Granja a la Mesa” y las estrategias de biodiversidad, las instituciones de la UE y sus estados miembros deberían poner en marcha esas estrategias como mecanismos de eficacia futura.

Por ejemplo, pasar de una agricultura industrial a una regenerativa ya es factible, y produce beneficios económicos y sanitarios inmediatos. Redirigir capital y subvenciones como elemento catalizador de prácticas de regeneración nos permitiría un mayor nivel de captura de carbono en el terreno, a un nivel que sería suficiente para revertir la crisis climática.

Reducir el uso de combustibles fósiles

Por otro lado, hacerlo de esa manera proporcionaría beneficios, reforzaría la “resiliencia” económica y medioambiental, crearía puestos de trabajo, protegería la biodiversidad y mejoraría el bienestar tanto de las comunidades rurales como urbanas.

Afortunadamente, existe un fuerte motivo económico para tratar de manera sistémica esta emergencia planetaria – la convergencia de crisis referida más arriba- y simultáneamente la pandemia sanitaria.

Por ejemplo, no hay ninguna razón para no ir reduciendo paulatinamente el uso de combustibles fósiles ni para desplegar las tecnologías de energías renovables, gran parte de las cuales ya están disponibles a escala global y ya son más baratas que los combustibles fósiles en muchos casos.

Con la reciente bajada de los precios del petróleo, las subvenciones nocivas a los combustibles fósiles pueden y deberían ser eliminados, tal como han promovido el G7 y muchos países europeos, para 2025. Esos subsidios tendrían que redirigirse a infraestructuras verdes y sociales adecuadas, incluidas las necesarias mejoras en los sistemas de salud.

Puestos de trabajo “bajos en carbono”

En momentos en los que tenemos que garantizar que somos capaces de mantener una economía estable, y crear nuevos puestos de trabajo para cuando pase la crisis del coronavirus, queda clara la idoneidad de fomentar una alternativa económica con propuestas basadas en el Pacto Verde.

Según “New Climate Economy”, una acción más ambiciosa para enfrentarse al reto del cambio climático podría generar más de 26 billones de dólares en beneficios económicos globales netos hasta 2030, en comparación con lo que se ha hecho hasta ahora, incluida la creación de más de 65 millones de puestos de trabajo “bajos en carbono”.

En tanto que seres humanos, somos “resilientes”. Tenemos espíritu emprendedor. Nos caemos y nos volvemos a levantar. El futuro puede ser positivo y podemos aprender de nuestros errores. El proyecto europeo es, en sí mismo, un ejemplo inspirador de ello.

Por ello, hacemos un llamamiento a los líderes europeos para que aprovechen este momento de reflexión y crisis para aprobar planes de recuperación económica que puedan crear comunidades más “resilientes”, más salud y bienestar y prosperidad compartida en un planeta saludable. Para que podamos realmente resurgir de esta emergencia mucho más fuertes y más resistentes.