El eslabón perdido de la integración europea

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“Las elecciones europeas tendrán lugar el 26 de mayo y la situación de crisis permanente no invita al optimismo. Entre el riesgo de una abstención récord y el de una ola populista, nadie sabe que sería peor, dada la probabilidad de que converjan”, escribe en una tribuna para Euroefe Thierry Libaert, miembro del Comité Económico y Social Europeo (CESE),  para quien es “imperativo iniciar el último combate, el de la Europa de los europeos”.

(Las opiniones vertidas en esta tribuna reflejan exclusivamente la posición de sus autores, y no pueden ser atribuidas a EuroEFE.EURACTIV.es ni a ninguno de los asociados de la red europea de EURACTIV ni a la Agencia EFE)

Para los partidarios pasivos de la integración europea, es mucho más cómodo despotricar contra las tendencias demagógicas de los movimientos populistas o el auge de noticias falsas.

También cabe poner en tela de juicio las deficiencias y los métodos de comunicación. Pero la comunicación siempre es el chivo expiatorio ideal, que no debería ocultar problemas más profundos.

Ha llegado el momento de preguntarnos por nuestras responsabilidades y por lo que debe calificarse como fracaso, en particular al ver el sentimiento de confianza en la Unión Europea, especialmente bajo más de 60 años después de la firma del Tratado de Roma. Más de uno de cada cuatro europeos sigue sin sentirse «ciudadano europeo», y suponen más de un tercio en muchos países como la República Checa, Italia, Francia, Bulgaria, Croacia y Grecia (datos del Eurobarómetro. Noviembre de 2018).

La situación es grave. Por primera vez en más de 60 años, un Estado abandona la Unión Europea, las amenazas —difusas o no— de Rusia o de Estados Unidos dejan a los europeos aislados en la escena diplomática internacional y los valores fundamentales se cuestionan en algunos países, lo que lleva a la Unión Europea a iniciar el procedimiento de sanciones (del artículo 7) contra algunos de sus propios miembros. Francia llama a consultas a su embajador ante Italia. En 60 años, Europa nunca ha parecido tan frágil como ahora.

Es hora de darse cuenta de que falta un elemento clave en la integración europea: los propios europeos, con las expectativas reales y esperanzas para ellos y sus hijos.

El origen de la integración europea se basaba en la idea de que la intensidad de las interacciones económicas crearía una solidaridad de hecho. Si tenía sentido en los años cincuenta, época de pleno crecimiento económico y necesidad de infraestructuras, y en una Europa que se diseñaba con seis países, hoy día es insuficiente, cuando no completamente superada. De hecho, Europa no se construyó para las personas, sino que se hizo sobre el carbón y el acero (CECA) y, después, sobre el átomo (Euratom), con una visión de eficiencia industrial que generó su propia burocracia. Ya no hay acero europeo, prácticamente tampoco carbón, y la energía nuclear es cuestionada como energía del futuro.

La Comunidad Económica Europea dio paso a la Unión Europea en 1992, pero el paradigma industrial y económico sigue dominando hasta que la financiarización imponga su liderazgo a los gobiernos nacionales. El ciudadano europeo como tal sigue siendo ignorado. La única apertura fue la puesta en marcha en 2012 de la Iniciativa Ciudadana Europea, que permite a los europeos obligar a la Comisión a tomar medidas en un asunto. Siete años después, el balance es casi nulo: solo cuatro proyectos pudieron superar las múltiples dificultades que plantea esta carrera de obstáculos.

El movimiento de los chalecos amarillos en Francia no es solo un fenómeno de rechazo fiscal o de exasperación ante el Estado. Esto refleja de manera sustancial una deficiencia profunda en la relación con las instituciones, que puede propagarse en muchos otros países. Hay que estar sordo para no oír esta cólera, que mañana podría arruinar el sueño europeo deseado por sus fundadores: seguridad, bienestar social compartido de forma justa en un entorno protegido, libre circulación de personas, ideas, bienes económicos y culturales. Es imperativo iniciar el último combate, el de la Europa de los europeos.

Para saber más:

► Thierry Libaert, miembro del Comité Económico y Social Europeo y punto de contacto de la delegación francesa.