Jorge Buxadé (Vox): El futuro de Europa pasa por hacerse de nuevo fuertes

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Jorge Buxadé, durante una intervención ante el Parlamento Europeo. [Foto facilitada por Vox]

Quinta tribuna de la serie de contribuciones de dirigentes políticos españoles en el Parlamento Europeo sobre cómo están viviendo el confinamiento provocado por la Covid-19. El autor, Jorge Buxadé, es el jefe de la delegación de VOX en el PE.

“Escribo estas líneas mientras está fresca aún la noticia de que Turquía ha secuestrado una remesa de respiradores con destino a España. Sin duda, este hecho grave resume a la perfección la situación actual que atraviesa España y en general la Unión Europea.

Primero, una alarmante falta de fortaleza frente a los terceros estados, ya sean competidores, ya naciones directamente hostiles, quizás por ese buenismo inconsistente y líquido de considerar que en el mundo no hay naciones hostiles; segundo, la penosa consciencia de que los Gobiernos de España – singularmente éste pero no de modo exclusivo – adolecen de esa tensión que te lleva a defender los intereses nacionales por encima de todo, arrostrando las consecuencias; tercero, la constatación de un hecho que venimos denunciando: el globalismo más feroz, al que se han adherido las instituciones de la Unión, ha diseñado un modelo de economía mundial en que países como España debilitan su sector agrario, y desmontan su tejido industrial trasladando toda su capacidad productiva a terceros Estados como Turquía o China, convirtiéndose en meras economías prestadoras de servicios.

“La monumental crisis del coronavirus de Wuhan despierta a Europa de su ensoñación”

Desde este aislamiento impuesto por las autoridades sigo, gracias a Dios, rodeado de mi mujer y mis cuatro hijos, trabajando con intensidad para hacer lo que le corresponde a la tercera fuerza política de España en la oposición: construir la necesaria alternativa, tanto en el orden social como en el orden nacional, a un estado de cosas que se ha demostrado sustancialmente injusto e ineficaz.

La monumental crisis provocada por el coronavirus de Wuhan despierta a toda Europa de una ensoñación impostada que sólo unos pocos denunciábamos; a saber:

Por un lado, la Unión Europea ha renunciado – y específicamente ha obligado a España a renunciar – a su industria y su sector primarios para entregarla a las nuevas potencias asiáticas. La ingente regulación comunitaria en materia ambiental, de competencia, de género, imposición de cuotas feministas, o de una mal entendida protección del trabajador, ahoga la capacidad industrial y agraria de las naciones europeas impidiéndole competir con otras economías como la China, a quien nadie osa exigir esa igualdad competitiva, permitiendo, además, la “deslocalización” de empresas que deja inerme a Europa en cuestiones tan relevantes como la investigación o la industria farmacéutica.

Por otro lado, la Unión Europea demuestra una alarmante falta de solidaridad real. La cuestión no se solucionará con nuevas y más intensas imposiciones obligatorias desde la Comisión– como me temo es lo que va a pretender la mayoría progre – sino reforzando la soberanía fiscal y regulatoria y la libertad económica de las naciones, así como el mercado interior.

En tercer lugar, hemos de dar al traste de una vez por todas con este modelo económico global que prima la productividad o la investigación biológica sin límite moral, y sin atender a las exigencias sociales de las naciones.

“Asentar el árbol europeo sobre nuestras raíces cristianas para que crezca sano”

El futuro de Europa debe pasar por fortalecer nuestros lazos sentimentales y espirituales y construir, como decía Ortega en su “Idea de Europa” una consciencia cultural europea: Hacerse de nuevo fuertes fomentando la natalidad europea, protegiendo las fronteras exteriores que se han demostrado esenciales pero ineficientes, y respetando las interiores; hacerse de nuevo fuertes desde el conocimiento mutuo de nuestra historia y culturas comunes; asentando el árbol europeo sobre nuestras raíces cristianas para que crezca sano hacia arriba.

Esta crisis nos devuelve a la realidad que la progresía ha ocultado bajo sus falsas alarmas y emergencias: la fragilidad del ser humano que no todo lo puede a pesar de tenerlo todo; la fortaleza de la familia como comunidad natural, el valor del trabajo manual, el peligro de no poner límites morales a la investigación biológica, la sacralidad de la vida humana y la inhumanidad del transhumanismo.”