Un siglo de Versalles

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Un siglo de Versalles

El tratado de Versalles, de cuya firma se cumple un centenario, “nos enseña dolorosamente una lección que mi padre ya me dio cuando era pequeño: ‘Cuando tengas a tu enemigo en el suelo, no le pises el cuello’”, escribe en una tribuna para EuroEFE el editor y escritor Ricardo Artola, autor de “La Primera Guerra Mundial. De Lieja a Versalles” (Alianza Editorial), entre otros libros.

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Hace exactamente cien años se firmaba uno de los tratados más importantes de la historia en la apabullante Galería de los Espejos del famoso palacio de Versalles, sede del poder real francés al final del Antiguo Régimen.

Durante los seis meses anteriores se habían discutido exhaustivamente los términos del acuerdo en la llamada Conferencia de Paz de París. Aunque las naciones que participaron en la Conferencia fueron numerosas, en realidad se trató de una puesta en escena para que los principales representantes de los Aliados (Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos) acordasen entre sí los términos que iban a imponer al principal derrotado: Alemania.

En este sentido los protagonistas de la Conferencia fueron Georges Clémenceau, presidente de la república francesa, David Lloyd George primer ministro británico y Woodrow Wilson, vigésimo octavo presidente de los Estados Unidos. Tres personalidades muy distintas en representación de tres países con trayectorias muy diversas durante la guerra. Si Francia fue invadida nada mas comenzar el conflicto y sufrió severos problemas derivados de la ocupación de la parte más industrial del país, Gran Bretaña fue acelerando su participación desde unos orìgenes relativamente modestos, mientras que Estados Unidos no se involucró hasta su entrada en la guerra en 1917, aunque cuando lo hizo fue de manera masiva.

Clemenceau tenía una clara idea de utilizar la Conferencia de Paz para extraer lo más posible de Alemania y resarcir al máximo las pérdidas de su país. En el otro extremo Wilson pretendía crear un nuevo orden mundial más justo y abierto a las reivindicaciones de las nuevas naciones que acabarían surgiendo a raíz de la guerra. En medio, la figura de Lloyd George, moderada y no beligerante en cuanto a las exigencias francesas con Alemania. 

Lo primero que llama la atención de la Conferencia de paz y del tratado subsiguiente es la ausencia de Alemania en las conversaciones. Lo que se hizo fue una imposición de un acuerdo bajo la amenaza de la reanudación de las hostilidades. Los representantes alemanes acudieron a firmar lo que otros habían discutido y decidido sin contar con ellos.

A pesar del idealismo de Wilson y de la moderación de Lloyd George, al final se impuso una línea dura en forma de unas exigencias que hoy nos parecen inauditas pero que ya en 1919 fueron sentidas como humillantes por gran parte del pueblo alemán.

Para hacernos una idea de lo que suponían los acuerdos para ese país pensemos que equivalía a tener que pagar aproximadamente la mitad de lo que hoy es el PIB español (en torno a medio billón de euros) y entregar, durante cinco años, la mitad de la producción química y farmacéutica –dos de sus industrias más importantes. Eso sin contar que representaba la pérdida de todas las colonias, un recorte sustancial en su territorio europeo (como si España se viera desgajada de la suma de Cataluña, Comunidad Valenciana y Baleares); la supresión de facto del ejército y otras muchas condiciones restrictivas. Todo ello, y esto a veces no se subraya lo suficiente, para un país que había combatido una guerra de desgaste durante cuatro años, dejando exhausta su economía y a su población.

Quizá más importante que todo lo anterior es que el acuerdo (por llamarlo de algún modo) establecía la responsabilidad moral y material de Alemania como causante de la guerra.

A un siglo de distancia, y aun con la ventaja de conocer el final de la historia, no deja de asombrarnos la miopía de los Aliados al imponer semejante dictado a la potencia derrotada.

No es fácil exagerar el impacto emocional, moral y material del Tratado en la Alemania de posguerra y hay que atribuirle un papel protagonista en la hiperinflación alemana de los años veinte (quizá aún más traumática para la población alemana) y el uso propagandístico por parte de los nazis en su ascenso al poder a principios de los años treinta. Se puede incluso decir que la semilla de la Segunda Guerra Mundial se sembró en el palacio de Versalles, aunque haya que mantener todas las salvedades respecto al determinismo histórico. No era inevitable, pero contribuyó mucho a un estado de ánimo en Alemania que contribuyó al ascenso del nacionalsocialismo.

No hay que olvidar (y rara vez se menciona) que, a juzgar por los términos que Alemania impuso a Rusia cuando la derrotó en 1917 (en el contexto de la propia guerra), no existía en ese país ese espíritu conciliador en la victoria que luego pediría en la derrota.

Versalles nos enseña dolorosamente una lección que mi padre ya me dio cuando era pequeño: “Cuando tengas a tu enemigo en el suelo, no le pises el cuello”.
 

Para saber más: 

►  Ricardo Artola: Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid, es autor de varios libros, entre ellos “La Segunda Guerra Mundial. De Varsovia a Berlín”. Comenzó su carrera en 1987 en Alianza Editorial, donde dirigió y renovó las áreas universitarias de la editorial. Desde 1999 ha sido director literario de No Ficción en Editorial Planeta, cubriendo todos los ámbitos de este área, desde historia y política hasta ciencia y divulgación, incorporando títulos clave. También ha sido director de Ediciones B.